Al principio de la historia había un león en cada puerta. Eran las doce y media y la calle estaba desierta, aunque rime, no es ningún poema esto que estoy escribiendo, ya que hace poco alguien me dijo que los poemas eran aburridos, entonces corrí al espejo y me pinté los labios de color amarillo. El periquito que siempre tiene la ocurrencia de aturdirme con comentarios atinados me preguntó porque me pintaba los labios de color amarillo, normalmente yo le contestaba, pero no esta vez, ¡NO! En vez de contestarle me acerque a el con los labios amarillos, metí la mano a la jaula y lo estrangulé con tanta fuerza y velocidad que no alcanzó a emitir un ruido más.
Regresé al espejo y noté que la matanza de ese perico me había dejado la piel pálida. "¡MALDITO TUDOR! después de morir tiene que contagiarme", pensé a mis adentros.
Salí al jardín que estaba cubierto de nieve y comencé de nuevo el libro que había dejado en la mesa antes de que me dijeran que los poemas, que escribo diario, en los que lloro y en los que se han derramado gotas opacas de sangre de venas, eran aburridos. Ahora ya no había leones en las puertas, el libro estaba vacío, eran millones de hojas en blanco.
Sabia que matar a Tudor traería consecuencias. Corrí dentro de la casa y removí el amarillo de mis labios, reviví a Tudor y admití de rodillas frente a el que yo era un ser aburrido sin el. Tudor comenzó con su voz que hace que mi cerebro se expanda hasta tocar las paredes de mi cráneo; mis pupilas se dilataron al darle de nuevo el gran poder de controlarme con su voz de perico y entonces dejé de ser yo y reino alguien mas en mi mente.
Renata Villareal Tommasi
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